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            Llegó un momento en que el universo maniqueo de los superhéroes quedó saturado de justicia (que no de bondad, que es otra cosa muy distinta). Si nos ponemos contextualizadores, este momento llegó en la época de agitación moral y social de la Segunda Guerra Mundial, y los Estados Unidos, cuya sociedad sólo vivió el horror de forma indirecta, fagocitaron el nuevo status quo como buenamente pudieron. Esto se tradujo de varias maneras en ámbitos distintos. El género negro, muy en auge en la época, vio la decadencia del código ético del detective privado (que Will Eisner hizo suyo y trasladó a la historieta con “The Spirit”), los futuros abanderados del movimiento beatnik empezaban a escribir mientras se afeitaban por primera vez y un largo etcétera de ejemplos.

       Todo esto se tradujo, a lo largo de las siguientes décadas, en una, digamos, perversión del concepto de superhéroe. Tal vez no excesivamente visible, al principio, pero lentamente se internacionalizó y se convirtió en una pulsión mayoritaria que culminó, en los años ochenta, con la obra de Frank Miller y, muy especialmente, con el objeto de esta reseña, Watchmen, con guión de Alan Moore y dibujo de Dave Gibbons.

Hablar de justicieros envejecidos no era nada nuevo, pero situar a dos generaciones sucesivas de superhéroes (tomando la palabra como nombre genérico, teniendo en cuenta que la mayoría de personajes están más cercanos al perfil de Batman, es decir, seres humanos corrientes con acceso a tecnologías casi fantásticas, que al de Superman, con excepción del Dr. Manhattan) que, en el mejor de los casos, tenían algo de reuma y, en el peor, se habían convertido en seres depresivos y esquizoides, en una sociedad casi apocalíptica (el “definitivamente apocalíptica” lo ostenta la traslación que Alan Moore hizo de “1984” a  la Inglaterra de “V de Vendetta”) era una vuelta de tuerca que fascinó, con razón, a muchos.

 Suele tomarse a Rorschach, el antihéroe que insiste en restablecer su particular visión de la justicia (la “particular visión de la justicia” del héroe posmoderno adquiere un nuevo significado en Watchmen) en un mundo que se desmorona a su alrededor, como el símbolo de la obra, cuando éste no es más que el representante de una de las tendencias opuestas que aparecen en esta historia:

Por un lado, el sentido idealista del justiciero enmascarado, encarnado por Búho Nocturno, el alter ego de Dan Dreiberg, sucesor de Hollis Mason, que posee toda la parafernalia propia del superhéroe (el traje, la guarida, los aparatos) y, aún así, se ve impotente al enfrentarse al nivel máximo de este concepto de héroe, encarnado por Ozymandias, el multimillonario Adrian Veidt, que tiene a su disposición absolutamente toda la tecnología posible y pretende utilizarla para crear su visión utópica de un mundo perfecto.

            Y por otro lado, está el héroe desengañado, es decir, Rorschach. Éste es un personaje superviviente, que reniega de la fanfarria de los superhéroes, a los que él llama “máscaras”, concepto interesante a nivel autorreflexivo si tenemos en cuenta el tipo de máscara que lleva Rorschach para ocultar su identidad (cuya revelación será uno de los momentos más importantes de la trama) y lo que ésta significa. La psicología de Rorschach, y otros aspectos simbólicos de la trama principal se desarrollan con una hermosa metáfora en el cómic “Los cuentos del navío negro”, que un personaje de poca relevancia en el primer nivel de la narración lee durante el relato principal.

Who watches the Watchmen?

            Y luego, a un nivel totalmente excéntrico a esta pugna, tenemos al Dr. Manhattan, el único superhéroe en el sentido bíblico de la palabra. Jon Osterman perdió su condición humana para convertirse en un ser todopoderoso. ¿Y cómo va un ser que posee todas las cualidades inalcanzables para un ser humano, y ninguno de los deseos, necesidades o debilidades propias de éste, a hacerse un lugar en un mundo tan terriblemente humano como el de Watchmen? El Dr. Manhattan acaba siendo víctima de la paradoja de Superman, la xenofobia hacia el superhéroe puro.

            Eso es lo que lleva, en última instancia, a todos los personajes a aceptar su destino y ponerse las mallas, a regañadientes en algunos casos, a la espera de alguna trascendencia que nunca llega, o de un sentido siempre críptico. Y el resultado a todo esto es la profunda desolación del superviviente.

            Después de Watchmen, se han hecho grandes cosas, pero la trayectoria del superhéroe tocó techo en esta obra, que colocó a toda la producción posterior de superhéroes en la dicotomía de ignorar su propia decadencia y reinventarse a partir de la celebración del superhéroe positivo o, al contrario, mirarse en el espejo y tratar de no ahogarse en su reflejo.

 Morgan Le Fay

 

 

 

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