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Este verano hemos podido disfrutar de una de las mejores ediciones de los últimos años del Saló del Cómic de Barcelona, que va encaminado en la dirección correcta para convertirse en un evento imprescindible a nivel internacional.

La XXIV edición del Saló del Còmic de Barcelona se celebró entre los días 8 y 11 de junio. Este año, el evento ocupó 15.000m2 del pabellón número 8 de la Fira de Barcelona, al que se accedía a través de la plaça de l’Univers, vacía y de dimensiones tiananmenescas, haciendo honor a su nombre. Dentro del recinto podían encontrarse 133 expositores, entre los que había las tiendas y editoriales de toda la vida, esos viejos amigos que, salón tras salón, nos recuerdan que hay un mundo de cómics, peluches y figuras a nuestro alcance (… y al de nuestro sufrido bolsillo).

"La nueva ubicación en el pabellón número 8 de la Fira de Barcelona ha permitido una serie de cambios muy positivos. Poder andar es uno de ellos, así como la distribución de los distintos apartados del Salón."

"Las exposiciones estuvieron dedicadas a los ganadores del Salón del año pasado, a la Guerra Civil española, el Capitán Trueno, David Lloyd, Luis Royo y Bill Sienkiewicz."

Antifaz, Chunichi, Norma, Glénat… Todas estaban allí. Y ocho exposiciones, tres de las cuales estaban dedicadas a los ganadores de los premios del Salón del año pasado, Raquel Alzate, Miguelanxo Prado y Carlos Jiménez). Otras dos giraban alrededor de la Guerra Civil española: “La guerra de papel”, una interesante comparación de las publicaciones en cómic de los dos bandos durante la guerra, y “La jaula de la memoria”, con reflexiones sobre la guerra hechas por distintos autores de distintos países desde el comienzo de la dictadura hasta hoy. También hubo una selección de originales mostrando la evolución a través del tiempo de “El capitán Trueno”, así como una colección de originales de David Lloyd para “V de Vendetta”, además de una selección de originales de Luis Royo.

En la galería Safia, fuera del recinto del Salón, de dedicó una exposición a obras originales de Bill Sienkiewicz, que participó como invitado en varias mesas redondas y dio una clase magistral en el stand de la Escuela Joso. Las mayores dimensiones del evento hicieron las delicias de todos los paseantes que, prácticamente por primera vez, se encontraron con que podían circular con relativa amplitud incluso en los momentos de máximo apogeo del sábado.

 

Este año, el Saló del Còmic, según las palabras de su director, Carles Santamaría, y del presidente de Ficomic y del Gremio de Editores de Cataluña, Antoni Comas, se ha propuesto dar algunos pasos hacia delante respecto a las ediciones anteriores, con la idea de convertirlo, en algunos años, en un verdadero Salón del Cómic internacional como, por ejemplo, el de Angoulême en Francia. El cómic en España factura unos 100 millones de euros anuales, lo que representa un 3,4% del total de la facturación editorial. Pero esta relevancia en cifras no se traduce en la realidad, y el cómic es, a día de hoy, el arte más olvidado en el país. Aunque en los últimos años se  han tomado algunas medidas para promocionarlo (como, por ejemplo, la creación del Premio Nacional de Cómic), aún está muy lejos del apoyo que reciben, por ejemplo, el cine, la literatura o la música. Para intentar poner remedio a esta situación, el sábado, día diez de mayo, dentro del marco del Salón, un comité de expertos del cómic, entre los que había autores, editores, libreros y educadores, se reunieron con cinco diputados del parlamento para proponerles una serie de medidas para una mejor promoción y distribución del cómic, llegando incluso a sugerir la posible inclusión de cómics dentro del sistema educativo. Los diputados tomaron buena nota de las propuestas del comité de sabios, pero no se llegó a ningún acuerdo determinante, pues las cosas, dicen, tienen que hacerse poco a poco. Sin embargo, éste es sólo una primera toma de contacto sobre el tema, y, parece (espera la comunidad comicófila y friki) que podemos ser optimistas al respecto.

 

Resumiendo, que este Salón del Cómic, según la opinión generalizada, ha sido una de las mejores ediciones de los últimos años. La nueva ubicación ha permitido una serie de cambios muy positivos. Poder andar es uno de ellos, como hemos mencionado antes, así como la distribución de los distintos apartados del Salón. Las exposiciones merecen una mención aparte por su calidad y el mimo con el que fueron creadas, y cabe destacar las dedicadas a la guerra civil, comisariadas por Antonio Martín, por su valor histórico y social.

El stand de Medea Ediciones (antes Megara Ediciones), una de las muchas editoriales que no faltaron al evento.

 Las mesas redondas funcionaron de forma impecable (creo recordar que el mayor retraso fue de siete minutos), y resultaron en debates interesantísimos y participaciones memorables de autores y especialistas. Y, aunque no directamente relacionada con el cómic, a título personal llamaré la atención sobre el gigantesco stand de chucherías que, por primera vez en la historia de los salones barceloneses, se alzaba en el centro del recinto, haciendo las delicias de gran parte de los presentes, y muy probablemente, haciendo también la primera peseta.

 

Queda mucho para convertir al Salón del Cómic de Barcelona en un evento verdaderamente imprescindible a nivel internacional (pues, hélas, mesas redondas y exposiciones aparte, el Salón sigue quedándose en poco más que un enorme mercado), pero parece que se está yendo en la dirección adecuada. Y si todo lo bueno se hace esperar, tal vez merezca la pena armarse de paciencia, si el resultado es que el Salón del Cómic de Barcelona se gane las mayúsculas.

Morgan Le Fay

 

 

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