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Slumber
(slum·ber)
n.
1.
Sleep.
2.
A state of
inactivity or dormancy.
(Dictionary of the English language, fourth edition by
Houghton Mifflin Company) |
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El mundo de
los sueños de Winsor McCay tiene bien poco que ver
con el mundo de los sueños del diccionario (aunque,
pensándolo bien, ¿qué sabrá un diccionario de la esencia de
los sueños?). Nada que ver con el universo hiperdinámico y
visualmente delirante por el que circula el protagonista de
esta página dominical, que se ha convertido en el símbolo
icónico de un medio de expresión artística.
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El
pequeño Nemo es un niño que se acuesta por las noches, como
hacen todos los niños buenos que no sufren de insomnio, y
sueña. Hasta aquí, nada le diferencia de todos los otros niños
durmientes del mundo. Que la cama de uno se rebele a las leyes
de la física y emprenda una escapada loca por la ciudad no
tiene nada de raro si despertamos por la mañana con el feliz
descubrimiento de que todo ha sido, una vez más, un sueño.
Como los pobres indigestados de “Dreams of the Rarebit Fiend”,
que eran torturados durante una página en una pesadilla
espeluznante, pero despertaban siempre en la última viñeta,
con el corazón acelerado y cubiertos de sudor para
reencontrarse con el firme y tranquilizador tejido de la
realidad. Pero llegó un momento en “Little Nemo” en que
McCay
no sintió la necesidad de hacer despertar a su pequeño
protagonista en el último momento. ¿Para qué?, debió
preguntarse.
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Después de todo, los lectores
ya habían visto suficientes veces la cama de Nemo dentro de
su habitación, probablemente
muy parecida a las suyas propias. ¿Para qué, entonces,
insistir en algo tan de sobras conocido, cuando el mundo de
los sueños ofrece tantas posibilidades ignotas y
extraordinarias?
El imaginario de Little Nemo es,
probablemente, un gran deudor de Lewis Carroll. Puertas que se
abren en los lugares más insospechados, pasadizos escherianos,
escaleras interminables… Nemo no es, sino una nueva Alicia
pero que, en lugar de sentirse un extraño en un mundo tan
maravilloso como terrible, se integra en su nuevo medio y
coopera con sus habitantes, y no convierte el regresar a la
realidad en un objetivo. En ese sentido, McCay convirtió la
imaginación a veces aterradora de los niños en un paraíso que
oscila constantemente entre el orden y la anarquía, mientras
un trabajo límpido de la línea clara trata de armonizar los
contrarios, y los adultos son mantenidos al margen, en el
sentido más literal de la palabra. La madre de Nemo manifiesta
su presencia constantemente desde fuera de la viñeta (como
todos los niños que oyen a sus padres decirles cansinamente
que se duerman de una vez desde el comedor todas las noches),
y todos los personajes adultos que Nemo encuentra en sus
sueños no son más que niños grandes (y con barba). McCay creó,
así, un mundo felizmente anárquico perteneciente al reino de
los niños, por más que los padres probablemente se sintieran
tranquilizados al ver que las historietas aparecían en el
periódico, dominio indiscutible de los adultos.
Morgan
Le Fay |
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