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Toda tú eres hermosa, amiga mía, 
Y en ti no hay mancha. 

(Cantar de los Cantares, 4:7)

La obra de Craig Thompson se caracteriza por una fuerte tendencia autobiográfica, que ha ido haciéndose más evidente con cada nuevo libro. En “Goodbye, Chunky Rice”, Thompson se convertía a sí mismo en una tortuga emigrante, y en ratón a un antiguo amor, para recrear un traumático episodio de cambio de domicilio. El ejercicio catártico llega a su cenit en “Blankets”, cuando el autor pone su rostro y su nombre al protagonista, y reinventa sus recuerdos de infancia, jugando con temas diversos. Pero la tendencia autobiográfica llega a su máximo esplendor en “Carnet de voyage”, una colección de apuntes y bocetos de un largo viaje por Europa y el Norte de África. Pero si “Carnet de voyage” tiene un aire marcadamente documental, “Blankets” explora la fantasía de la memoria y el sueño adolescente, y ahí es donde podemos encontrar una conexión entre “Blankets” y “Little Nemo”, matizada, naturalmente, por casi un siglo de separación entre ambas obras.

Es importante también señalar que gran parte de la iconografía onírica de “Blankets” se debe directamente a la simbología religiosa. La religión cristiana atormenta y embellece la historia a partes iguales, mostrándose primero como las cándidas promesas infantiles, y luego como el constante recuerdo de la amenaza. Thompson parodia, con más intención de la que parece, el vituperado universo de la América profunda, de la proliferación de botas vaqueras y rock cristiano, los campamentos religiosos, el creacionismo y un asfixiante concepto de familia. Y, al mismo tiempo, dota a ciertos elementos de este universo visual de una hermosa poética indiscutible, relacionada primero con la pureza de la infancia, y después con la ingenuidad del erotismo adolescente.

La relación entre el pequeño Nemo y el no tan pequeño Craig se forja en los sueños. El protagonista de “Blankets” desea, necesita soñar, y  muchas veces relaciona sus ensoñaciones con trayectos de elevación y caída (en el evidente sentido cristiano de ascensión al cielo y precipitación en el infierno), como los proverbiales despertares del pequeño Nemo (cuyos sueños también podrían categorizarse como “ascensiones” a un lugar por encima de la cualidad humana, y las caídas de la cama, el regreso a la realidad, tal vez no al infierno en el sentido estricto de la palabra, pero quizás si al infierno de lo mundano, si uno se siente especialmente filosófico).

Thompson no hereda la línea clara de McCay, ni su preferencia por las curvas y las ondulaciones; de hecho, su minucioso trabajo sobre las texturas (que llegan incluso a expresar colores) en un impecable blanco y negro le acercan rotundamente a la línea modulada. Los personajes parecen construidos a base de ángulos y, a pesar de ello, y a pesar del brutal contraste de blanco y negro, la suavidad y la ternura se hacen patentes de una forma maravillosa. Las “mantas” a las que alude el título representan, a varios niveles, esta dulzura. Por un lado, la manta de retales que Raina teje para Craig, el símbolo de un amor, de una cama y de una retícula de recuerdos. Por otro, la nieve impoluta que cubre gran parte de las viñetas, amortiguando incluso los sonidos, haciendo más justificable que nunca la metáfora del blanco manto. Y por último, las mantas que cubren los recuerdos con el tiempo, acolchándolos y haciendo que sea más fácil recuperarlos, con lo que los traumáticos recuerdos de infancia, aquello que creímos que jamás, jamás, jamás olvidaríamos ni dejaría de doler, se disipan en una neblina

de benevolencia, y la estampa de Jesucristo colgada sobre la cabecera de la cama que tanto terror nos inspiraba de pequeños acaba sonriendo con aprobación a la vez que se deshilachan los últimos vestigios de una fe infantil.

Blankets” también habla, precisamente, de la disolución de la fe, de la superación de las obsesiones, sean positivas o negativas, de cómo el tiempo lo cura todo y el paso de las estaciones siempre regresa al invierno y a las invariables sábanas recién lavadas de nieve. Se ha criticado la lectura optimista y nostálgica de Craig Thompson como facilona, e incluso cursi, pero, ¿acaso no es la misma mirada que muchos ponen sobre sus recuerdos? ¿No dicen que el primer amor no se olvida jamás? ¿A nadie más le pasa que, al mirar atrás, desearía hacerle una visita a su yo pasado para susurrarle al oído que algún día recordará esto con una sonrisa y deseará hacerle una visita a su yo pasado para susurrarle al oído que algún día…?

 

 Morgan Le Fay

 

 

 

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