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Ahora que es
verano, permitidme que empiece con el ejemplo tópico y
típico de una mujer, de cualquier edad, desesperando ante el
espejo por el aspecto que ofrece en bikini, uniforme
obligatorio e indispensable de cualquier período vacacional
que se precie. ¿Qué persona horrible, me pregunto, qué cruel
alimaña convertiría este pequeño ritual en un tormento
deleznable? Que levante la mano la mujer que alguna vez
se haya mirado al espejo y no haya encontrado nada que
criticar o mejorar. Y si la gran mayoría de estas
críticas y defectos sacados hasta debajo de las piedras no
giran alrededor del peso y la figura, que baje dios (si es
que no tiene nada mejor que hacer) y lo vea.
"El pacto con el
diablo de nuestro tiempo es con el aspecto físico, y, más
concretamente, con la delgadez"
El caso es que
vivimos en una época histérica, en una sociedad histérica,
que ha convertido, ya no el sobrepeso, sino cualquier asomo
de redondez en pecado mortal. Oh, sí, todos sabemos que
Marilyn Monroe lucía una espléndida 44 y daríamos lo que
fuera por parecernos a ella, pero no nos importa en lo más
mínimo. La necesidad de ahora, surgida, precisamente, de la
ausencia total de necesidades, radica en adelgazar,
adelgazar, adelgazar, hasta caber en la talla XXS de Zara.
Algunos lo ven como la enfermiza complacencia del Primer
Mundo, que se esfuerza por adelgazar, precisamente
porque tiene comida de sobras, cuando una cifra escandalosa
de personas muere de hambre todos los días. Otros
interpretan la moda de la delgadez, dirigida especialmente a
mujeres, como una muestra del sexista yugo masculino del
siglo XXI, que convierte a las hembras en seres
filiformes, frágiles y desvalidos. Aunque todos sabemos que
un componente importantísimo es el dinero. El caso es
que hay un porcentaje importante de la sociedad, que según
ciertas encuestas (siempre cuestionables, por supuesto),
preferiría divorciarse o quedar estéril antes que
convertirse en una persona obesa. En otras palabras: el
pacto con el diablo de nuestro tiempo es con el aspecto
físico, y, más concretamente, con la delgadez. |
Hablo, dicho
sea de paso, de la delgadez en un sentido presuntamente
inofensivo. No voy a tocar aquí nada directamente
relacionado con los trastornos de la alimentación, pues
harían falta muchas páginas para poder siquiera acercarse a
la brutalidad destructiva de estas enfermedades.
¿Pero de dónde
sale esta terrible necesidad de renegar de las curvas? ¿Por
qué las mujeres nos reímos de Barbie (quien, por si nunca os
lo habrían contado, de ser una mujer real no podría
sostenerse en pie, porque sus ridículas proporciones la
obligarían a andar a cuatro patas), pero estamos convencidas
de que si nos pareciéramos más a ella, todo nos iría mucho
mejor? ¿La dieta del pomelo puede solucionarnos la vida de
verdad?
Quisiera
recordar a todo el mundo en general, y a todas las mujeres
en particular, que suspiran al abrir cualquier revista, que
las modelos están delgadas porque les pagan por estarlo.
¿O es que alguien elegiría libremente decir que no a
cualquier alimento con más sustancia que una hoja de
lechuga, o se mataría cada día a hacer ejercicios
aburridísimos y cansadísimos, sólo por amor al arte? Si
alguna persona lee estas líneas y realmente disfruta
haciendo dieta, por favor, que se ponga en contacto conmigo.
Me ofrezco a escribir un libro contando sus secretos.
Podemos hacernos de oro.
Me parece que
muchas mujeres quisiéramos poder dejar de someternos a la
esclavitud de la báscula y la cinta métrica, y lucir sus
suaves barrigas y caderas rotundas y muslos redondeados sin
temor. Pero para esto, y, sin ánimo de ser panfletaria, me
temo que haría falta una revolución general. Si todas las
mujeres nos pusiéramos de acuerdo (y no estaría mal que los
hombres, metrosexuales, übersexuales o machos ibéricos de
cualquier tipo se nos unieran), podríamos hacer temblar a
los fabricantes de productos adelgazantes, editores de
revistas femeninas y todas las corporaciones dermoestéticas
habidas y por haber. ¿A qué estamos esperando?
Morgan LeFay |
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