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Capítulo 1
- ¡Un brindis por nuestra General Áratim! ¡Feliz
cumpleaños!- La ronca voz de Raven sonó por toda la
taberna, mientras alzaba una jarra de cerveza,
invitando a todos los presentes a compartir su
alegría. Su mirada recorrió la larga mesa y, en el
último rincón, la encontró; estaba ruborizada, aunque
no sentía vergüenza, sino que, como había pasado los
cuatro últimos años, se sentía llena de alegría al ver
que sus más queridos amigos seguían acordándose de su
cumpleaños y lo celebraban como la mayor fiesta del
reino. Ella todavía no se había acostumbrado a ser el
centro de atención de sus hombres, pero le gustaba.
Aquellos guerreros habían sido sus más fieles
compañeros desde que, cuatro años atrás, decidiera
comenzar su vida como soldado en las tropas del
Ejército Sagrado.
Áratim sabía que no era su cumpleaños,
pero sus hombres se habían acostumbrado a celebrarlo
la noche anterior al día en cuestión. En realidad, lo
hacían por ella, no es que fueran despistados, sino
que tenían la certeza de que cuando llegara el alba
del decimoséptimo día del mes de la azucena, todos los
festejos y celebraciones no serían dirigidos hacia la
persona de su amada General Áratim. Ella agradecía
aquel gesto uniéndose a la fiesta y celebrándolo con
ellos hasta bien entrada la madrugada.
Raven, que solía ser el organizador de la
fiesta, era un hombre muy alto, de unos veintitrés
años, su constitución era robusta pero esbelta, de
espalda ancha y brazos fuertes; como la mayoría de los
habitantes del norte del reino, era de tez cetrina y
sus largos y negros cabellos le recorrían la espalda
recogidos en una trenza. Se le hubiera tomado por un
bárbaro sino fuera por sus ojos azul turquesa, los
cuales daban una pincelada solemne y muy hermosa a
todo su ser. Áratim no podía dejar de mirar aquellos
ojos que le hablaban de una forma diferente de ver el
mundo, que comprendían todos sus misterios. Ahora,
mientras Raven le miraba esperando que diera su
aprobación al brindis, ella no podía dejar de verse
reflejada en ese mar azul de su mirada; y no podía
dejar de recordar como, en aquellos cuatro años, había
cambiado su visión de aquel soldado. A primera vista,
le había parecido un bruto y un ignorante, opinión
general que se tenía sobre la gente del norte, pero a
medida que pasaba el tiempo se había dado cuenta de
que estaba lleno de sabiduría, elegancia y dulzura.
Evocando aquellas ideas, Áratim afirmó con la cabeza y
alzó su copa de vino, con una sonrisa en los labios.
Brindaron y bebieron, tras ello comenzó la música.
La música siempre hacía que aflorara lo
mejor de ella, una maravillosa sensación de alegría y
emoción fluyó por todo su cuerpo y, antes de poder
darse cuenta, ya se había puesto en pie. Llevaba un
vestido corto de color beige, hecho de una tela
vaporosa y con vuelo, que se ajustaba a la cintura
gracias a una delgada pieza de tela dorada, no era un
traje ceremonioso ni solemne, pero - como había dicho
Raven al regalárselo aquella tarde- era ideal para
bailar. Y ella estaba de acuerdo. Se dirigió al centro
de la sala e hizo una señal a los músicos para que
tocaran una de sus melodías favoritas, compuesta por
el rápido ritmo de los caramillos, tambores y un arpa.
La música brotó de aquellos instrumentos y sus pies
comenzaron a moverse, seguidos de sus manos que se
alzaban por el aire como pájaros en libertad, soltó el
recogido que se había hecho con los cabellos y estos
recorrieron su espalda hasta llegar a las rodillas,
formando una cascada de color castaño con reflejos
dorados.
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