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Una obra de Mízar

 

  

Capítulo 2

            Las puertas del Salón Sagrado se abrieron de par en par cuando la enojada y estrepitosa voz de la Suma Sacerdotisa lo ordenó, mientras entraba en él a grandes zancadas dirigiéndose al Trono de Plata, situado en el extremo opuesto de tales puertas. Tras ella, con una expresión de rabia y de extrema frustración, entró una muchacha vestida con el uniforme negro y violeta propio de la General de los Dragones Divinos, junto a ella un joven de unos veintitrés años ataviado con una capa color añil y cuyos negros cabellos iban recogidos en una trenza.

            -¡No sólo eres una insolente sino que además eres una estúpida, Mítara! - desde lo alto de su trono, Ekar miraba con furia a su hija. - ¿Quién te has creído que eres? No tienes ningún derecho para decirme como debo de actuar, además, te recuerdo que tú no tienes ningún tipo de poder para ver el futuro. Tú no eres tu herm...

            -¡Basta!- el grito sonó más allá de los muros del Templo. Mítara tenía los ojos empañados, pero no de tristeza sino de ira, por un segundo su madre se estremeció, luego recobró su aire de superioridad y toda la compostura.

            -¿Pretendes revelarte?- dijo en voz alta pero con cierto aire burlón- Mejor será que dejes de soñar y vuelvas a la realidad, tú no tienes poder y nunca lo tendrás, así que por tu bien y el de todos te aconsejó que vayas a tus aposentos y te prepares para el baile de esta tarde. No... - dijo cuando la chica iba a protestar, - no hay más que hablar, y reflexiona sobre lo que has dicho antes de contárselo a nadie más, no vayas a hacer el ridículo.

            Mítara salió del Salón para dirigirse hacia los jardines centrales. Estaba llena de ira y odio, arrojó al suelo el casco que llevaba en las manos y se dejó caer, quedando sentada en el suelo sobre las rodillas. Névar se acercó a ella, quería consolarla, pero ella hizo un ademán con el que le indicaba que quería estar sola.

            Habían llegado hacía más o menos media hora y, a pesar de tener que cruzar las calles de Megar atestadas de gente, galoparon hasta la zona oeste de la capital sin descanso. Allí, creando uno de los límites de la ciudad se alzaba el Templo de la Gran Diosa. Era un edificio circular, todo él construido sobre columnas de marfil tallado, tras las cuales se abría un patio con grandes extensiones verdes, los Jardines de los Sueños, medio kilómetro de diámetro con flores de todos los tipos y colores: amapolas, lirios, iris, fresias, rosas,... ; pero, sobre todo, azucenas. Blancas, rosas, amarillas, bicolores, simples, dobles... de todas las clases y todos los tamaños, era el símbolo de las Sacerdotisas y estas las cuidaban como si de tesoros se tratasen. En el centro de la circunferencia que creaba el Templo en sí, una gran fuente dejaba que el sonido del flujo del agua diera paz y serenidad a aquella vasta extensión de jardines. Por lo general estaban siempre plagados de gente, personas que hacían sus plegarias y rezos a la Diosa, las Sacerdotisas, y cualquiera que buscara un poco de paz; ya que los jardines estaban custodiados por hadas y elementales - invisibles excepto para las Sacerdotisas- que no permitían que  ningún sonido que no fuera armónico y natural entrara en aquellos jardines. Sin embargo, lo que más llamaba la atención del Templo no eran estos maravillosos jardines, sino el edificio que se alzaba en la zona oeste del Templo. Un edificio hecho de nácar, zafiro y cristal de cuarzo, de unos diez metros, era el santuario de la Diosa, llamado el Salón Sagrado, en el que la Suma Sacerdotisa y sus subordinadas realizaban todos los actos propios de su Orden. Era un gran Salón cuya decoración sólo ocupaba las paredes, las cuales estaban hechas de nácar con  columnas adosadas y entre ellas, escritas con zafiro y oro, las escrituras y predicciones de la Diosa; y el techo, el cual estaba repleto de cristales en forma de azucenas, hacía efecto de prisma sobre las nacaradas paredes de la sala, inundándolo todo de colores. La puerta principal ocupaba gran parte de la fachada del primer piso y en días normales permanecía abierta hasta el anochecer, dando luz a todo el Salón; y justo en el lado opuesto, en una alta tarima hecha de zafiro, descansaba el Trono de Plata de la Suma Sacerdotisa.

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