|
Capítulo 3
Una brisa fresca acariciando su rostro
hizo que Mítara despertara. Por un instante creyó
estar de nuevo en su habitación del Templo, el
familiar trino de los pájaros y el pacífico ambiente
que sentía le daban a creer que nada había ocurrido.
Pero no fue así, y al volver a la realidad supo que
se encontraba en una amplia habitación, ricamente
amueblada y decorada con todo tipo de adornos barrocos
y ostentosos, perteneciente al los aposentos privados
del Palacio Real.
Cuando intentó incorporarse un profundo
dolor de cabeza le obligó a permanecer acostada, los
rayos de sol se filtraban entre las oscuras cortinas
de terciopelo verde esmeralda que sumían la habitación
en una tenue y fresca oscuridad. Resignada por su
estado, cerró los ojos para intentar dormir un poco y
así hacer retroceder al dolor de cabeza, pero en lugar
del sueño, le invadieron los pequeños retazos que
componían sus últimos recuerdos.
El Rey Varn y el resto de los hombres de
Zarla, así como los supervivientes y demás gentes de
Megar, habían atravesado los jardines en busca de
heridos o intentando reconocer a los fallecidos, ambas
cosas no tuvieron demasiado éxito: no habían heridos y
la mayoría de los muertos habían sido abrasados por
las llamas, eso si habían tenido la suerte de morir
enteros, pues no era extraño encontrar miembros sin
dueño aparente. El Rey había visto a Mítara apoyada en
una pared, al principio creyó que estaba muerta, al
acercarse y ver el cuerpo de la Suma Sacerdotisa
apoyada sobre las piernas de la chica, murmuró una
oración para ambas, sin embargo, algo interrumpió sus
rezos: un pequeño suspiro vino del cuerpo inmóvil de
la joven. Al descubrir que estaba viva, Varn la asió
entre sus brazos y la llevó en dirección al Palacio
Real, la chica permaneció en estado de coma durante
tres días, a excepción de un instante de consciencia
que llegó a ella antes de salir del Templo.
- Enterradles aquí...- su voz era casi
irreconocible, pero Varn pudo entenderla, y antes de
marcharse con la dama en brazos, dio la orden de que
todos los cuerpos fueran enterrados en los jardines
del Templo. Dada la orden se volvió para mirar a
Mítara, pero ésta había vuelto a su estado anterior, y
así hasta el momento en que aquella brisa fresca que
se había filtrado entre las cortinas había rozado su
rostro.
Mítara abrió los ojos espasmódicamente al
recordar un hecho que había olvidado por completo: su
hermana había sido secuestrada por aquella mujer
endemoniada, a la que su madre había dado un nombre,
la había llamado, Guerantia.
Se alzó de la cama y se dirigió hacía una
silla que había en el cuarto, donde un largo chal de
seda granate esperaba su despertar, se lo puso sobre
los hombros cubriendo su cuerpo, vestido tan sólo con
un corto camisón de seda blanca casi transparente, y
salió del cuarto. Le dolían las piernas y la cabeza le
retumbaba, pero eso no importaba, tenía que sacar
fuerzas de donde pudiera, su hermana, la persona a la
que más quería en este mundo, - y sobre todo en
aquellos momentos cuando ya no le quedaba nadie -,
había sido secuestrada por una mujer que seguramente
tendría la intención de eliminarla.
|