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Él negó con la cabeza y la miró con los ojos empañados
en lágrimas.
- Lo siento mucho, mi General y Suma
Sacerdotisa. Tenéis razón, somos unos cobardes, y mi
osadía ha sido... – vio en los ojos de la joven el
perdón inmediato, pero ella no bajó la guardia para
prevenir un renacimiento de la actitud anterior del
anciano - ¿Podemos hacer algo por vos?
- Sí – afirmó agradecida – Esta noche no quiero que
nadie salga a la calle, la salida de la luna sellará
el toque de queda, y seréis vosotros los que avisaréis
a toda la ciudad. Si no cumplís esta orden, no me haré
responsable de las desgracias que puedan ocurrir.
- Será lo que vos digáis.
- Gracias, anciano. – se dirigió a toda la
sala – Mañana me habré marchado, os he dejado un lista
de candidatos para ocupar el puesto de los tres
Generales Sagrados, el del Este, el del Sur y el del
Norte, – una nota de dolor se reflejó en su voz- que
murieron a manos de esa mujer. Espero que, siguiendo
las instrucciones del Rey, alguno de ellos llegue al
puesto que les ofrezco. Y, por último, como Suma
Sacerdotisa, tengo un mandato que hacer. – el anciano
asintió – La tierra del Templo no está muerta, y
muchos de los bulbos de las flores que en ella habían
están desenterrados; plantadlos, las hadas que
protegen los Jardines, anteriormente de los Sueños,
las harán crecer. – hizo un movimiento para marcharse,
y antes de irse se dio la vuelta – Una cosa más, el
Templo no será reconstruido, que sea la eterna morada
de los cuerpos pertenecientes a aquellos que amamos.
Salió de la sala, y aunque ella no lo supo
hasta más tarde, nadie contradijo sus órdenes, la
seguridad y fuerza de sus palabras les había llegado
al alma, y los presentes rezaron una oración, antes de
marcharse, pidiendo a la Diosa que protegiera a
aquella mujer tan valiente y tan noble que era Mítara,
la General de los Dragones Divinos y la Suma
Sacerdotisa.
- Dime, ¿qué vas a hacer?- Varn, sentado
en un sillón de la habitación, observaba como Mítara
guardaba unas cuantas cosas en una bolsa de cuero. –
No podrás llevarte el Báculo Estelar, ni a caballo ni
a pie, es demasiado grande.
- Lo sé. – Mítara no se volvió a mirarle, en lugar de
ello dirigió la mirada hacia la ventana, el atardecer
ya llegaba a su fin y, con él, la salida de la primera
de las dos lunas. – Yo no lo voy a llevar, pero eso tú
ya lo sabías, Varn.
Llevaban largo rato charlando sobre lo
ocurrido, tras la salida de Mítara, en el Consejo, y
ella había abandonado todo tipo de tratos solemnes con
el joven Rey, no solían tenerlos cuando estaban a
solas, pero ahora que Varn estaba comprometido con
Sharane, Mítara le trataba como si de un hermano se
tratara.
- Vas a llamarle, ¿verdad?- la joven, que
había vuelto a su ocupación de recoger las pocas cosas
que llevaría, asintió. – Pero, Mítara, ¿y si pasa
alguna desgracia?- la voz del Rey tenía un alto grado
de preocupación y desasosiego – Yo sé que es
inofensivo, pero la gente...
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