Aralia, que era mi abuela, solía
decirme siempre: “ Tu destino está escrito, pero
sólo tú puedes leerlo”.
Era una mujer muy hermosa, de cabellos
castaños que le recorrían la espalda en forma de
tirabuzones, o eso era lo que madre decía. Pues
cuando yo la conocí, de su juventud sólo quedaban
sus preciosos ojos de color verde mar, el resto de
ella había pasado por la experiencia y el roce de
las estaciones. Sin embargo, nunca la vi triste o
seria por envejecer. Ella siempre nos sonreía, a mi
hermana y a mí, con la dulzura de una niña inocente;
y con su habitual forma de vestir - estrafalaria y
de colores chillones -, demostraba que para ella
nada ni nadie marcaba normas irrevocables.
A través de los años, me enseñó que ese
gran libro llamado destino siempre se somete al
punto de vista de cada lector que ojea sus páginas,
tanto si es el protagonista como si no lo es. Y lo
que mejor aprendí de ella fue que en cada momento
tenía poder para decidir y eso que llamamos errores,
decía, no son más que las mejores decisiones
tomadas, pues sus graves consecuencias son las que
nos hacen crecer con fuerza, valor y sabiduría.
Ella fue quien me enseñó a bailar,
aunque nunca lo reconoció, decía que era un talento
natural mío, que había nacido con ese don y que era
mi forma de acercarme a nuestra Señora. Ahora, tal
vez, no puedo negarle toda la razón; pero donde mi
don nació, ella le dio forma y sentido, otorgándome
la oportunidad de tener algo propio, algo que nadie
podría igualar. Ese era y es mi tesoro, bailar al
son de la música, bailar en honor a nuestra Diosa,
bailar por devoción, alegría y vocación, bailar y,
nada más que eso, bailar. Flotar con el sonido de
las arpas y caramillos en los festivales y en los
rituales para nuestra Señora, divertirme con el
baile y cautivar a los demás con el movimiento de mi
cuerpo, de mis manos y mis pies, bailar...