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Capítulo XI
Las cartas
de Angélica llegaron el último día de la canícula de
agosto. Un grueso hatillo de misivas que parecían
haber cruzado el mundo a rastras, remitidas por un
celoso cartero desde la residencia de Ariadna van
Koophuis, a donde habían sido enviadas originalmente.
Angélica se encerró en su alcoba abrazada a su tesoro
de papel. Durante los dos días siguientes, sólo
apareció, y tras prolija insistencia y amenazas de su
tía, a la hora de las comidas, con la mirada
enfebrecida y el brazo derecho manchado de tinta hasta
el codo. No reveló a nadie ni una coma de lo que
escribía, y el pinche de cocina se guardó muy bien de
mostrar a nadie la moneda que recibió a cambio de
llevar a la estafeta de correos del pueblo un abultado
sobre dirigido con la nerviosa caligrafía de Angélica
a algún sitio que el pinche nunca averiguaría, porque
no sabía leer.
Ocurre que
Angélica tendía a volverse turbada y olvidadiza cuando
entraba en uno de sus sobreexcitados ataques de
literatura, y no se dio cuenta de que uno de los
sobres que había recibido, un pergamino añejo sin
dirección que venía dentro de otro sobre mayor, se le
cayó en el trajín de correr con ellos arriba y abajo,
y quedó atascado bajo una alfombra del ala este de la
casa, casi confundiéndose con las tablas de madera del
suelo, de no ser por unas letras en el reverso que
insinuaban la identidad del remitente: L. M.
Mientras
tanto, el resto de habitantes de la residencia
veraniega de los vom Metzger se preparaban para el
otoño, para regresar a sus casas y olvidar los afanes
del veraneo, al menos hasta el año siguiente. Olivia
vom Metzger estaba demasiado ocupada componiendo su
abultado equipaje como para darse mucha cuenta de lo
que hacían los demás. O, en cualquier caso, de eso
pretendía convencerse. La verdad es que resultaba
mucho más fácil fingir que una no se apercibía de las
cosas, sobre todo, cuando había tanto que observar.
Al romper
el día que siguió a la noche de la representación de
“Sueño de una noche de verano”, en la que el bello
Narciso robara a la dulce Cordelia el beso que ella le
entregaba por propia voluntad, el joven se presentó
ataviado con su traje más bueno, regalo de Ariadna van
Koophuis las pasadas Navidades, en el saloncito en el
que la condesa y su mejor amiga estaban tomando una
fuerte taza de té en la intimidad de sus camisones,
antes de ataviarse para bajar a desayunar, para
informarse sobre los trámites que debía emprender para
pedir la mano de Cordelia von Arnim en matrimonio.
Olivia vom
Metzger derramó los restos de su taza de té, por
suerte ya tibios, sobre la abundante pechera de su
camisola de organza, y Ariadna van Koophuis escupió el
sorbo que acababa de llevarse a los labios de la forma
más indecorosa. Si a Narciso le extrañó la reacción de
las dos damas, no lo dejó notar, aunque el elegante
tres piezas que llevaba puesto, más indicado para los
festejos invernales que para finales de verano,
empezaba a hacerle sudar profusamente.
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