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Capítulo IX
Aviso: Este
folletín está vagamente ambientado en la Europa de la
segunda mitad del s. XIX, pero me he tomado todas las
licencias históricas que se me han ocurrido, y más de
las que ni me habré dado cuenta. No pretende ser un
texto histórico, sino, como el género folletinesco
indica, una especie de telenovela escrita. Sin
embargo, tras mucho pensarlo, he decidido incluir
puntualmente hechos y personajes históricos, aunque me
permitiré ser todo lo licenciosa que quiera con ellos.
Fue sólo la rapidez de reflejos de Ariadna van
Koophuis la que salvó a la condesa de un ridículo
espantoso. Se hallaba en las inmediaciones cuando oyó
a la vieja van Houten mencionar a Alexander van Fersen,
y señalar al bombón que la acompañaba como hijo del
susodicho, y fingió un oportuno tropezón para
abalanzarse sobre su amiga, arrojándola al suelo y
distrayendo la atención de la parálisis total de
Olivia vom Metzger, que siguió boqueando como un
bacalao fuera del agua mientras su marido la ayudaba a
levantarse.
-¡Hay que ver! –Exclamó Ariadna van Koophuis,
acercándose a la condesa con una risita -. El champán
y tantos valses se me han subido a la cabeza… -Se
disculpó mientras pellizcaba con fuerza el brazo de su
amiga, para después susurrarle al oído –Olivia, una
sola tontería y…
En el trasiego de levantar a las dos señoras del
suelo reluciente, Olivia vom Metzger se sobrepuso
lenta, lentísimamente a su experiencia cercana al
infarto, dejó que su marido la izara y se sacudió las
faldas empezando a esbozar una sonrisa que dirigió al
joven, que la miraba con una expresión de educado
desconcierto. Así que Iván von Fersen. Hijo de
Alexander von Fersen y… alguien a quien el muchacho se
parecía mucho, porque, a simple vista, costaba
reconocer en él los rasgos de su padre. Tenía unos
hermosos ojos almendrados de color negro y una nariz
con la que se hubiera podido cortar cristal. Era alto
y robusto, y su traje gris marengo, con corbatín color
borgoña, era de lo más elegante que podía encontrarse
en la sala.
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