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El camino del samurái
reside en la muerte.
Yamamoto Tsunetomo,
Hagakure.
PRÓLOGO
Aldea Yasada, provincia de Osashi, Imperio de Izumo. Año 136 de
la era Sengoku.
El capitán se detuvo cuando llegó a las proximidades del cruce.
—¡Alto! —gritó al tiempo que levantaba la mano derecha a la
quincena de hombres que le seguían. Tragó saliva y notó cómo el
sudor que antes perlaba su frente comenzaba a escurrirse, frío y
perturbador.
No tenía que volverse para saber que, detrás de él, un
nerviosismo poco común producía el agitar de las armaduras
ligeras y el alternar de yari
de una mano a otra, para limpiarse el sudor y aliviar las
articulaciones de la tensión que las aprisionaban.
Se trataba de la misión de su vida. Debían capturar al
ronin
más peligroso que existía: Takeshi el Lobo. Incluso en los lugares
más recónditos se había oído hablar de su coraje y crueldad.
Oficialmente, había dado muerte a más de cincuenta y siete
samuráis al margen de las numerosas batallas o duelos en los que
había participado, y estaba reclamado por dieciocho familias en
cuatro provincias distintas. Respecto a sus víctimas plebeyas,
según se decía, había superado con creces el centenar.
El
ronin, sin embargo, no actuaba solo. Lideraba una banda conocida
como los Enviados de Hachimán, que contaba con centenares de
hombres en cualquier provincia, y posiblemente miles si
movilizaba a todos los asesinos que tenía dispersos por el
imperio. De este modo, el número real de víctimas que había
muerto, ya no por su espada, sino bajo la de sus hombres, se
multiplicaba hasta extremos insospechados. Un macabro historial
que había logrado con tan sólo veinticinco años.
Sin embargo el capitán confiaba en que aquel día sería el último
en sus fechorías. Ahora estaba solo y mal equipado. Sería suyo,
vivo o muerto.
—¿Seguro que es él? —preguntó uno de sus hombres.
—Aunque oculta su rostro bajo un sombrero, uno de mis
informadores lo ha reconocido. Le faltaban dos dedos de un pie.
Es él. Probablemente está comprobando las defensas de la aldea
para atacarla. No le dejaremos huir.
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