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Prólogo

Una obra de Daniel Cuadros

 

Los guardias se miraron entre sí con escepticismo, y el capitán fingió no advertir sus expresiones. Takeshi podía haber mandado a un subordinado para realizar aquella tarea. Si había venido en persona sólo podía significar que le gustaba comprobar por sí mismo la situación antes de trazar un plan, o bien que se había separado de la banda por cualquier motivo.

A excepción de cuatro jinetes que esperaban en distintos lugares de la aldea, ninguno de sus hombres tenía arco, ya que todos los arqueros habían salido a luchar contra el clan Natsaka. Sin embargo Takeshi tampoco llevaba su arma favorita, la Sedienta, una espléndida naginata[1] que el ronin blandía como ningún otro y que le había dado fama en muchos campos de batalla.

—Vosotros tres, cubrid las salidas de la última calle —ordenó mientras los señalaba—. Vosotros cuatro, id a la parte trasera. Tú y tú cubriréis las salidas restantes. Los demás, que me acompañen.

—¡Sí! —respondieron al unísono.

No podía escapar. Por muy hábil que fuera no derrotaría a quince hombres.

 

El capitán se aproximó junto a seis guardias a la entrada principal del cruce. Con cautela pudo comprobar que lo que le habían dicho era cierto. Takeshi el Lobo se encontraba allí.

No aparentaba ser tan fiero como le habían contado, se hallaba tumbado en la calle junto a una casa mientras los aldeanos le ignoraban, desconocedores de su identidad. Parecía algo mayor de lo que le habían dicho por las heridas que mostraba en algunas partes de su cuerpo y por su descuidado aspecto: mostraba una barba de pocos días, el pelo sucio y una piel ligeramente más morena de lo normal. De no ser por su rostro endurecido por la guerra incluso habría podido decir que se trataba de un hombre apuesto. Junto a él se encontraba su katana, y a un lado había dejado el sombrero.

Se había confiado. Debía pensar que no lo descubrirían. Si atacaban en aquel momento no conseguiría reaccionar y todo habría terminado.

El capitán observó las posiciones en las que se encontraba el resto de sus hombres. Uno tras otro asintieron con un gesto para indicarle que estaban preparados. Miró hacia atrás y pudo observar a uno de los jinetes cuyo caballo bufaba mientras su amo esperaba impaciente el momento de actuar. No se fiaba mucho de ellos. Se trataba de samuráis que no se encontraban bajo sus órdenes y que lucharían por su propia gloria, pero que por el momento se disponían a seguirle el juego. No le quedaba otra opción que aceptar esa situación.

 

[1] Alabarda japonesa. Consiste en una hoja de katana unida a un palo largo.

 

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