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Los guardias se miraron entre sí con escepticismo, y
el
capitán fingió no advertir sus expresiones.
Takeshi podía haber mandado a un subordinado para
realizar aquella tarea. Si había venido en persona
sólo podía significar que le gustaba comprobar por
sí mismo la situación antes de trazar un plan, o
bien que se había separado de la banda por cualquier
motivo.
A excepción de cuatro jinetes que esperaban en
distintos lugares de la aldea, ninguno de sus
hombres tenía arco, ya que todos los arqueros habían
salido a luchar contra el clan Natsaka. Sin embargo
Takeshi tampoco llevaba su arma favorita, la
Sedienta, una espléndida
naginata[1]
que el ronin
blandía como ningún otro y que le había dado fama en
muchos campos de batalla.
—Vosotros tres, cubrid las salidas de la última
calle —ordenó mientras los señalaba—. Vosotros
cuatro, id a la parte trasera. Tú y tú cubriréis las
salidas restantes. Los demás, que me acompañen.
—¡Sí! —respondieron al unísono.
No podía escapar. Por muy hábil que fuera no
derrotaría a quince hombres.
El capitán se aproximó junto a seis guardias a la
entrada principal del cruce. Con cautela pudo
comprobar que lo que le habían dicho era cierto.
Takeshi el Lobo se encontraba allí.
No aparentaba ser tan fiero como le habían contado,
se hallaba tumbado en la calle junto a una casa
mientras los aldeanos le ignoraban, desconocedores
de su identidad. Parecía algo mayor de lo que le
habían dicho por las heridas que mostraba en algunas
partes de su cuerpo y por su descuidado aspecto:
mostraba una barba de pocos días, el pelo sucio y
una piel ligeramente más morena de lo normal. De no
ser por su rostro endurecido por la guerra incluso
habría podido decir que se trataba de un hombre
apuesto. Junto a él se encontraba su katana, y a un
lado había dejado el sombrero.
Se había confiado. Debía pensar que no lo
descubrirían. Si atacaban en aquel momento no
conseguiría reaccionar y todo habría terminado.
El capitán observó las posiciones en las que se
encontraba el resto de sus hombres. Uno tras otro
asintieron con un gesto para indicarle que estaban
preparados. Miró hacia atrás y pudo observar a uno
de los jinetes cuyo caballo bufaba mientras su amo
esperaba impaciente el momento de actuar. No se
fiaba mucho de ellos. Se trataba de samuráis que no
se encontraban bajo sus órdenes y que lucharían por
su propia gloria, pero que por el momento se
disponían a seguirle el juego. No le quedaba otra
opción que aceptar esa situación.
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