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Capítulo I
Esos malditos niños me
despertaron con golpes en el estómago mientras me
decían cosas como: “Pobre de mierda, hijo de puta”-
escupí sangre y cuando fui a levantarme, mientras
les maldecía, esos estúpidos niñatos ricos salieron
corriendo. Y, por si fuera poco, el dueño de la
taberna me gritó que si no me iba de ese callejón
llamaría a la policía. En esa ciudad, llamar a la
policía significaba la muerte para indigentes como
yo. No quise problemas, así que cogí mi caja de
cartón y mi carrito que contenía unos pantalones
vaqueros, una camiseta rota y unas magdalenas que
tenían algo así como una semana. Mientras avanzaba,
mis rodillas temblaban, mi estómago gritaba de
hambre y no podía evitar escupir sangre de vez en
cuando. Al llegar a mi esquina, que estaba enfrente
de una hamburguesería, estaba mareado, tenía fiebre
y la boca me sabía a sangre, pero aun así tenía que
ganarme la vida. Con lo cual, saqué un pequeño
cartón, que parecía un cartel, y esperé para ver si
me daban dinero. Pero la gente solo me miraba para
reírse de mí.
Pasaron unas horas y se
acercaron unos chavales que salían de la
hamburguesería bebiendo coca- cola. Pero entonces,
uno de ellos me vio y se lo comentó a los chavales.
Entonces, comenzaron a reírse y se dirigieron hacia
mí. Uno de ellos sonrió, como una de esas sonrisas
que hacen esos payasos de las películas de miedo, y
me dijo: “¿quieres dinero?”. Yo me limité al
silencio. Entonces, él me tiró un vaso de coca-cola
a la cabeza mientras me gritaba: “tu, un pobre de
mierda, ¿quiere conseguir algo en esta ciudad? Te
mereces la muerte”. Acto seguido me dio una patada
en la cabeza, pero ¿qué podía hacer yo contra los
hijos de los ricos? Ellos dominaban la ciudad, si
les tocaba me vería envuelto en un gran problema.
Pero entonces, llegó mi salvador, y mi perdición.
Mientras me golpeaban,
apareció otro indigente y sacó un cuchillo y apuñaló
a los chavales. Les apuñaló una y otra vez. Cuando
vi su cara, me pareció que no venía a salvarme.
Después de acabar con ellos, les cogió todo el
dinero. Fue entonces, cuando comprendí, que esa
persona era uno de los tantos indigentes que
mataban, sin apenas pestañear, por solo un bocado de
pan. Cuando cogió todo lo que pudo, salió corriendo
y, como dije antes, fue mi perdición. En ese
momento, una estúpida persona comenzó a gritar: “Ha
sido ese, el indigente ese, a matado a unos pobres
niños”. Entonces, yo pensé: “¿pobres niños? ¡Y una
mierda! ¡Esos hijos de puta me estaban apaleando!
¡Se lo tienen merecido!”. Pero de cara a las
personas, mientras me cagaba de miedo, decía
temblorosamente:
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