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Yo me escondí en una esquina,
mientras esperaba a que aquellos chavales comenzaran
con el plan. Uno de ellos, fue corriendo y llorando
al hombre del puesto y le dijo aquello que yo le
dije que dijera, mientras sus otros amigos se
peleaban fuertemente con otro amigo suyo. Aquel
hombre, al ver aquella escena, por muy pobres que
fueran, se le estremeció el corazón y fue a donde
estaban los chavales. En ese momento, fue cuando,
mientras él los intentaba separar, fui
silenciosamente y cuando estaba lo más cerca posible
del carrito de comida, eché mano a toda la comida
que pude y salí corriendo con todas mis fuerzas.
Para cuando se dio cuenta el señor, yo estaba lo
suficientemente lejos como para que no me cogiera,
y, evidentemente, los niños se quedaron sin comida.
La verdad es que me sentí muy mal, pero… ¡que
carajos! llevaba semanas sin comer nada. Ya solo me
faltaba esquivar a los guardias de la frontera,
tenía que salir de ahí, así que estaba dispuesto a
todo. Fui a un contenedor de basura, saqué mi
mechero con el que tantos cigarros había fumado, y
que usaba para hacer pequeños fuegos en las noches
frías, y quemé unos cuantos papeles que encontré,
tirándolos al contenedor en llamas. Ya solo me
faltaba que alguien lo viera y que llamara a los
guardias. Saqué mi piedra de la suerte preferida, de
color roja que guardaba en mi sucia y rota
gabardina, y la lancé contra la ventana de una casa.
¡Dio de casualidad! Un hombre salió y vio el fuego
del contenedor y no tardó en gritar fuego ni un
segundo. Yo corrí a esconderme, hasta que vinieran
los guardias.
Cuando llegaron los guardias,
corrí desesperadamente hacía la frontera, con todas
las fuerzas que me dieron aquellos bocadillos que
robé del puesto de comida. Por fin sería libre. Y
así lo fui. Pude escapar de aquella maldita ciudad
que había convertido mis últimos años en un jodido
infierno. Pero, ¿que me deparaba el futuro? Anduve y
anduve por aquel maldito desierto que parecía que no
llegaba a ninguna parte. Hacía tanto calor que me
quité toda la ropa y me quedé en calzoncillos, los
cuales no me había cambiado en años. Los días de
hacían largos y las noches todavía aun más, solo
estuve unos dos días andando, pero a mi me
parecieron unos años. Hasta que caí rendido en el
suelo y, por mucho que quería, no podía moverme. Así
que me indigné a la realidad, y me di por muerto.
Total, con la vida que había llevado estos años me
daban ganas de morirme. Al cabo del tiempo, cerré
ojos y deje de respirar, o eso me pareció, ya que
era un extraño sentimiento. Fue como si estuviera yo
solo en un mar de oscuridad, sin nadie, sin ruidos,
sin nada absolutamente. Pero entonces, en el mar de
oscuridad, apareció una ola blanca, mis ojos se
abrieron sin saber porque, pero después de unos
segundos viendo malamente lo que estaba enfrente
mío, me di cuenta que parecía que hubiera caído un
rayo, y en medio de las quemaduras ocasionadas,
había una caja. La verdad es que en ese momento, que
hubiera caído un rayo y hubiera aparecido una caja
me daba realmente igual. Pero bueno, pensé que
quizás a lo mejor arrastrándome hasta ella,
alargaría unos minutos más de mi vida. Así que,
dispuesto a morir… ¿Por qué no morir viendo una
bonita caja? Me arrastré hasta llegar a la caja, de
aproximadamente unos treinta centímetros de altura y
de anchura, de un color ennegrecido en una especie
de tribal de color rojizo y que tenia en la
cerradura un símbolo de un hombre atravesado por una
katana. Para mi asombro, había unos kanjis escritos.
Esos kanjis me recordaban a los años felices que
tuve. Esos años en los que era uno de los más otakus
que existían, pero que, como ya he dicho, fueron
bien cortos.
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