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Capítulo 1

Una obra de Dorkliem

 

   

Yo me escondí en una esquina, mientras esperaba a que aquellos chavales comenzaran con el plan. Uno de ellos, fue corriendo y llorando al hombre del puesto y le dijo aquello que yo le dije que dijera, mientras sus otros amigos se peleaban fuertemente con otro amigo suyo. Aquel hombre, al ver aquella escena, por muy pobres que fueran, se le estremeció el corazón y fue a donde estaban los chavales. En ese momento, fue cuando, mientras él los intentaba separar, fui silenciosamente y cuando estaba lo más cerca posible del carrito de comida, eché mano a toda la comida que pude y salí corriendo con todas mis fuerzas. Para cuando se dio cuenta el señor, yo estaba lo suficientemente lejos como para que no me cogiera, y, evidentemente, los niños se quedaron sin comida. La verdad es que me sentí muy mal, pero… ¡que carajos! llevaba semanas sin comer nada. Ya solo me faltaba esquivar a los guardias de la frontera, tenía que salir de ahí, así que estaba dispuesto a todo. Fui a un contenedor de basura, saqué mi mechero con el que tantos cigarros había fumado, y que usaba para hacer pequeños fuegos en las noches frías, y quemé unos cuantos papeles que encontré, tirándolos al contenedor en llamas. Ya solo me faltaba que alguien lo viera y que llamara a los guardias. Saqué mi piedra de la suerte preferida, de color roja que guardaba en mi sucia y rota gabardina, y la lancé contra la ventana de una casa. ¡Dio de casualidad! Un hombre salió y vio el fuego del contenedor y no tardó en gritar fuego ni un segundo. Yo corrí a esconderme, hasta que vinieran los guardias.

 

Cuando llegaron los guardias, corrí desesperadamente hacía la frontera, con todas las fuerzas que me dieron aquellos bocadillos que robé del puesto de comida. Por fin sería libre. Y así lo fui. Pude escapar de aquella maldita ciudad que había convertido mis últimos años en un jodido infierno. Pero, ¿que me deparaba el futuro? Anduve y anduve por aquel maldito desierto que parecía que no llegaba a ninguna parte. Hacía tanto calor que me quité toda la ropa y me quedé en calzoncillos, los cuales no me había cambiado en años. Los días de hacían largos y las noches todavía aun más, solo estuve unos dos días andando, pero a mi me parecieron unos años. Hasta que caí rendido en el suelo y, por mucho que quería, no podía moverme. Así que me indigné a la realidad, y me di por muerto. Total, con la vida que había llevado estos años me daban ganas de morirme. Al cabo del tiempo, cerré ojos y deje de respirar, o eso me pareció, ya que era un extraño sentimiento. Fue como si estuviera yo solo en un mar de oscuridad, sin nadie, sin ruidos, sin nada absolutamente. Pero entonces, en el mar de oscuridad, apareció una ola blanca, mis ojos se abrieron sin saber porque, pero después de unos segundos viendo malamente lo que estaba enfrente mío, me di cuenta que parecía que hubiera caído un rayo, y en medio de las quemaduras ocasionadas, había una caja. La verdad es que en ese momento, que hubiera caído un rayo y hubiera aparecido una caja me daba realmente igual. Pero bueno, pensé que quizás a lo mejor arrastrándome hasta ella, alargaría unos minutos más de mi vida. Así que, dispuesto a morir… ¿Por qué no morir viendo una bonita caja? Me arrastré hasta llegar a la caja, de aproximadamente unos treinta centímetros de altura y de anchura, de un color ennegrecido en una especie de tribal de color rojizo y que tenia en la cerradura un símbolo de un hombre atravesado por una katana. Para mi asombro, había unos kanjis escritos. Esos kanjis me recordaban a los años felices que tuve. Esos años en los que era uno de los más otakus que existían, pero que, como ya he dicho, fueron bien cortos.

 

 

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