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No había olvidado la llegada
de la escuadra anglo-holandesa, ni el terrible
bombardeo, y mucho menos la desesperada defensa ante
un enemigo tan superior. Horas después saldría con
sus vecinos y su maravillosa mujer de la ciudad.
Sentía que las fuerzas españolas no hacían lo
suficiente por reconquistar Gibraltar. La salida
sería un momento terrible para todos, un triste
desenlace. ¿Quién iba a creer que el apoyar al Rey
Felipe les iba a costar tan caro? Le era difícil
asimilar que sus enemigos estuvieran en esos
momentos saqueando la ciudad y emborrachándose.
Tampoco entendía por qué los ingleses no permitían a
los gibraltareños llevar sus imágenes y documentos
históricos al destino ya marcado, junto a la ermita
de San Roque.
Aquella noche, Simón no
concilió el sueño. No dejaba de pensar en lo
ocurrido y en lo que iba a suceder.
Cuando la mayoría de los
vecinos atravesaban la Puerta de Tierra, una de las
salidas principales, volvió la vista atrás, a pesar
de que se prometió no hacerlo. Algunos enemigos
cantaban borrachos y se reían sin contemplaciones.
Sintió pena y rabia al mismo tiempo. Con enorme
dignidad marchaban los regidores con su anciano
alcalde Cayo Antonio Lazo y el gobernador Diego
Salinas, que encabezaba el reducido número de
soldados; las mujeres sujetaban fuertemente a sus
hijos pequeños; algunos de los gibraltareños no
pudieron evitar que sus rostros se vieran bañados
por dolorosas y pesadas lágrimas. Dejaban sus vidas
atrás y daba comienzo una aventura incierta.
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El camino hasta la
ermita fue muy duro y doloroso ¡Y pensar que
un año atrás lo cruzaban alegremente para
acudir a la romería del santo! Al llegar al
monte la ermita les esperaba. Era lo único
que en aquel momento les pertenecía. Al
llegar, en los alrededores de la ermita,
comenzaron a construir chozas, esperanzados
en que pronto volverían a sus verdaderos
hogares.
Todas las familias
visitaron al santo y le dieron las
gracias por permitir que se hubieran reunido
bajo su protección, como tantas veces
hiciera en momentos de epidemia. Simón
sintió la misma sensación extraña que solía
invadirle cuando se sentaba en un pequeño
montículo observando la tierra ocupada por
extranjeros. Le era difícil entender que ya
no podría volver a aquellos campos ni
pisar las calles de su pueblo. Los militares
les animaban y les prometían un pronto
retorno, pero viendo la situación ello no
era fácil de creer.
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