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Una obra de Rubén Pérez Trujillano

 

   

No había olvidado la llegada de la escuadra anglo-holandesa, ni el terrible bombardeo, y mucho menos la desesperada defensa ante un enemigo tan superior. Horas después saldría con sus vecinos y su maravillosa mujer de la ciudad. Sentía que las fuerzas españolas no hacían lo suficiente por reconquistar Gibraltar. La salida sería un momento terrible para todos, un triste desenlace. ¿Quién iba a creer que el apoyar al Rey Felipe les iba a costar tan caro? Le era difícil asimilar que sus enemigos estuvieran en esos momentos saqueando la ciudad y emborrachándose.  Tampoco entendía por qué los ingleses no permitían a los gibraltareños llevar sus imágenes y documentos históricos al destino ya marcado, junto a la ermita de San Roque.

Aquella noche, Simón no concilió el sueño. No dejaba de pensar en lo ocurrido y en lo que iba  a suceder.

Cuando la mayoría de los vecinos atravesaban la Puerta de Tierra, una de las salidas principales, volvió la vista atrás, a pesar de que se prometió no hacerlo. Algunos enemigos cantaban borrachos y se reían sin contemplaciones. Sintió pena y rabia al mismo tiempo. Con enorme dignidad marchaban los regidores con su anciano alcalde Cayo Antonio Lazo y el gobernador Diego Salinas, que encabezaba el reducido número de soldados; las mujeres sujetaban fuertemente a sus hijos pequeños; algunos de los gibraltareños no pudieron evitar que sus rostros se vieran bañados por dolorosas y pesadas lágrimas. Dejaban sus vidas atrás y daba comienzo una aventura incierta.

 

El camino hasta la ermita fue muy duro y doloroso ¡Y pensar que un año atrás lo cruzaban alegremente para acudir a la romería del santo! Al llegar al monte la ermita les esperaba. Era lo único que en aquel momento les pertenecía. Al llegar, en los alrededores de la ermita, comenzaron a construir chozas, esperanzados en que pronto volverían a sus verdaderos hogares.  

Todas las familias visitaron al  santo y le dieron las gracias por permitir que se hubieran reunido bajo su protección, como tantas veces hiciera en momentos de epidemia. Simón sintió la misma sensación extraña que solía invadirle cuando se sentaba en un pequeño montículo observando la tierra ocupada por extranjeros. Le era difícil entender que ya no podría volver a  aquellos campos ni pisar las calles de su pueblo. Los militares les animaban y les prometían un pronto retorno, pero viendo la situación ello no era fácil de creer.

 

 

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