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Intenté alejar esos amargados pensamientos de mi mente
zarandeando mi cabeza, y creí lograrlo.
Me frote enérgicamente los brazos para reconfortarme.
Pese al calor reinante, sentía un frío extraño que me
calaba hondo en los huesos.
Lejos de allí, a mis espaldas, penetrando el
infranqueable bosque, lúgubre y enigmático sonaba el
canto entusiasta de los grillos, el correr del agua y
el revolver de las hojas al viento.
Eso si era tranquilidad.
Algo de lo que no dispuse durante los últimos nueve
meses.
Lo que estuve anhelando sin poder hallarlo.
De nuevo, la sensación de vacío y aprensión me
invadió. No podía pensar en eso ahora.
Mis ojos se emborronaron a causa de las tímidas
lágrimas que querían salir de mis ojos azabache.
¿Que diría mi abuelo si de pronto apareciera y me
viera con esa cara?
No.
Debía ser fuerte. Sobreponerme a todo aquello. Tal y
como me había pedido mi padre en la estación de
Edmonton antes de mi partida.
Enjuagué mis tímidas lágrimas con el dorso de la mano.
Ya no me permitiría llorar más. No más de lo que ya lo
hice.
Mi vida debía avanzar sin recordad el dolor pasado,
pero atesorando los buenos momentos, uno a uno.
Desde la lejanía oí el estruendo de un motor
carrascoso y rancio. No pude evitar dejar ir un
suspiro de resignación.
Fuera como fuese en nada estaría mi abuelo en la línea
del horizonte, su viejo seiscientos le delataba.
Volví a mirar al cielo dejando ir un suspiro casi
inaudible a causa del doloroso estruendo del motor y
el suave sonido de las hojas al mecerse al viento.
- Definitivamente, éste será el peor verano de toda mi
vida...
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