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Prefacio

Una obra de Nuil Asahi

 

   

Intenté alejar esos amargados pensamientos de mi mente zarandeando mi cabeza, y creí lograrlo.

Me frote enérgicamente los brazos para reconfortarme. Pese al calor reinante, sentía un frío extraño que me calaba hondo en los huesos. 
 

Lejos de allí, a mis espaldas, penetrando el infranqueable bosque, lúgubre y enigmático sonaba el canto entusiasta de los grillos, el correr del agua y el revolver de las hojas al viento. 
 

Eso si era tranquilidad. 
 

Algo de lo que no dispuse durante los últimos nueve meses.

Lo que estuve anhelando sin poder hallarlo. 
 

De nuevo, la sensación de vacío y aprensión me invadió. No podía pensar en eso ahora.  
 

Mis ojos se emborronaron a causa de las tímidas lágrimas que querían salir de mis ojos azabache.

¿Que diría mi abuelo si de pronto apareciera y me viera con esa cara? 
 

No. 
 

Debía ser fuerte. Sobreponerme a todo aquello. Tal y como me había pedido mi padre en la estación de Edmonton antes de mi partida. 
 

Enjuagué mis tímidas lágrimas con el dorso de la mano.

Ya no me permitiría llorar más. No más de lo que ya lo hice.

Mi vida debía avanzar sin recordad el dolor pasado, pero atesorando los buenos momentos, uno a uno. 
 

Desde la lejanía oí el estruendo de un motor carrascoso y rancio. No pude evitar dejar ir un suspiro de resignación. 
 

Fuera como fuese en nada estaría mi abuelo en la línea del horizonte, su viejo seiscientos le delataba. 
 

Volví a mirar al cielo dejando ir un suspiro casi inaudible a causa del doloroso estruendo del motor y el suave sonido de las hojas al mecerse al viento. 
 

- Definitivamente, éste será el peor verano de toda mi vida...

 

 

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