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La verdad de las cosas,
folletín subversivo. Edición de marzo.
Escrito por Javier Rodríguez
(condenado por sedición perniciosa y desafecto a la
Patria en 2023. Actualmente cumple condena en la
Prisión Estatal de Quintanilla de Onésimo)
CAPÍTULO PRIMERO
Historia del Mundo Actual
Aunque la propaganda oficial se esforzaba en mostrar
hombres hercúleos, apolíneos y viriles como
prototipo ideal de belleza masculina, la realidad
era que de las oficinas de formación gubernamentales
y las filas de las organizaciones patrióticas sólo
salían hombrecillos achaparrados, sebosos y de
mirada turbia: los “cucarachos”, como se los conocía
habitualmente, nunca en voz alta, aunque había
muchísimos más apodos; la sabiduría popular es
inagotable en estos casos, y corrían por las calles
calificativos tan imaginativos como “pelotilleros”,
“mantecosos”, “milagritos”, “ratas reales” y
“paparras” (“garrapatas”), su denominación más común
en la Región de Cataluña. En ese sentido, como en
tantos otros, el profesor Belmonte podía muy bien
definirse como un genuino producto del régimen.
Pelayo Belmonte era un “paparra” legítimo, y
mostraba con orgullo su baja y torcida estatura, su
cabello engrasado y brillante, sus labios mortecinos
y su extraordinaria papada, a todas luces
desmesurada en relación a su relativamente poca
grasa corporal. Era un hombre moldeado por el
régimen, entregado a su Dios y a su rey, pero
sobretodo a su patria: un español de la cabeza a los
pies, y se preocupaba de hacerlo patente tan a
menudo como podía. Sus alumnos del colegio San
Miguel Arcángel, a los que administraba la
asignatura de Historia del Mundo Actual, lo sabían
demasiado bien. Tenía tanta capacidad natural para
la violencia psíquica y los métodos sutiles de
tortura psicológica que muy bien podía haberse
empleado en la mismísima CIA, en vez de hacerse
miembro de la Legión de Cristo Rey.
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Vamos a ver, caballeros – dijo esa mañana
tras el saludo obligatorio –, qué es lo que han
aprendido en lo que llevamos de curso. Cierren y
guarden los libros, por favor.
Los cuarenta y dos alumnos de la clase cerraron y
guardaron sus ejemplares de La gran historia de
la gran España y se miraron unos a otros,
expectantes y atemorizados, en completo silencio. No
se oía jamás una tosecilla, un latido o siquiera una
mosca en la clase de Pelayo Belmonte.
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¡Sanjosé! – aulló de pronto el profesor,
señalando a un alumno con un dedo que parecía una
garra – dígame de inmediato en qué año y bajo qué
circunstancias fueron abolidas las comunidades
autónomas. ¡Pronto!
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