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Carrasco, al despacho del director.
Leonardo se levantó tranquilamente, cuan largo era,
y se encaró con Belmonte. Era mucho más alto que él,
y el profesor tenía que levantar bastante la vista
para mirarle a la cara. Luego le dio la espalda y se
dirigió a la salida.
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¡Carrasco!
Se detuvo.
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¿Dónde está su educación? ¡Debe decir “sí,
señor”! ¡Y saludar a la bandera!
Leonardo no dijo nada. El paparra enrojeció con
virulencia.
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¡¡Haga lo que le digo, maldito rebelde!!
“Hormigonera” abrió la puerta con toda la calma del
mundo, y cuando parecía que Belmonte se le iba a
echar encima, dijo:
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Usted perdone, profesor, pero acababa de
ordenarme que me calle y guarde silencio – se giró
hacia la gran bandera rojigualda que presidía la
estancia, murmuró un “viva España” inaudible y cerró
con un golpe seco.
Pelayo Belmonte necesitó unos minutos para
tranquilizarse. Luego cogió la fusta que tenía
colgada en la pared, al lado del crucifijo, y miró
amenazadoramente a la clase.
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¡Examen sorpresa! – bramó.
[continuará]
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