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CAPÍTULO SEGUNDO
El despacho del director se hallaba al final de un
largo y tenebroso pasillo que los alumnos solían
llamar el Papanario, por contener los retratos de
todos los pontífices que habían ocupado el Trono de
San Pedro desde el siglo XV. Causaba un efecto
psicológico terrible (y sin duda bien estudiado) el
tener que atravesar aquel corredor lóbrego y oscuro
bajo la penetrante mirada de más de sesenta
carcamales de gesto adusto y mirada furibunda. La
mayoría de los alumnos llegaban hasta el director
con los nervios deshechos, y algunos se veían
incapaces de atravesarlo de cabo a rabo.
Aunque eso no afectaba a Adán Caballero.
Se había dado cuenta de la trampa que ocultaba el
Papanario hacía muchos años, y por ser un rebelde
incorregible había visitado muchas veces al padre
Montaña (el volcánico dirigente del San Miguel
Arcángel) sin alterar ni un ápice su bien ensayada
postura de indiferencia. Bastaba con entrenar la
mente para convertir los ojos blancos y muertos de
León XIII en inofensivas luciérnagas, o dedicar un
amistoso saludo a la mirada vidriosa de San Pío X
como si fuera un amigo de toda la vida.
Lo que ya no era tan fácil de esquivar era la estaca
del Montaña, pero a todo se acostumbra uno. Aquel
día Adán no era el único que circulaba entre santos
cadáveres, porque a medio pasadizo se topó con un
viejo conocido, al que en principio no reconoció
porque iba con los ojos cerrados.
-
¿Gabriel? – susurró cuando pudo reconocer su
cara redonda y amable en medio de aquella oscuridad.
-
Sí, soy yo – dijo Gabriel Gavina –. Adán,
¿también te han castigado?
-
No, es que me gusta recorrer el Papanario.
¿Quieres abrir los ojos, carajo?
-
Ni hablar. Me da miedo.
-
Es muy valiente por tu parte admitirlo.
Gabriel Gavina y Adán Caballero no podían ser más
diferentes, ni más amigos. Adán era alto, bien
parecido, con un carisma arrollador y una capacidad
de gamberrismo igualmente arrolladora. Su pelo rubio
revuelto era tan imposible de dominar como su
carácter, y su pasatiempo favorito era encontrar
maneras imaginativas de llevar un profesor al
paroxismo. Como el día de mañana quería ser actor,
sus gestos eran ampulosos y afectados, cargados de
teatralidad, lo cual, obviamente, sulfuraba aún más
al cuadro docente.
Gabriel Gavina, por su parte,
también estaba marcado por las autoridades del
centro, pero no por sus actos, sino por ser quién
era. Sus padres habían sido dirigentes catalanistas
históricos y se habían exiliado al extranjero,
dejando a su hijo al cuidado de sus tíos, apolíticos
de toda la vida. En la España del siglo XXI el
crimen nunca es individual, sino colectivo, y los
hijos heredan los pecados de los padres. Eso podría
explicar en parte su andar desgarbado, su habitual
actitud resignada y estoica y su personalidad
introvertida, aunque no su gran pasión por las
manzanas.
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