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Los caramelos, naturalmente, no eran para los
alumnos. El padre Montaña cogió un puñado y fue
desenvolviéndolos uno a uno mientras esperaba que
los dos alumnos tomasen asiento. El ruidito que
hacía el papel al desenrollarse era altamente
enervante.
-
Los veo muy a menudo, caballeretes – comenzó
Montaña con su vocecita relamida –. Demasiado a
menudo. Son ustedes una mala imagen para este
centro. Una imagen realmente pésima, osaría añadir.
Veamos, ¿qué han hecho esta vez?
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Desobediencia a un superior, señor – dijeron
Gabriel y Adán mecánicamente.
-
Desobediencia, claro. ¿Sin escalo? ¿Sin
resistencia física? ¿Han injuriado a la Patria, a la
bandera, a la religión...?
-
No, señor – respondieron a coro.
-
Por supuesto. Ustedes ya se cuidan bien de no
vulnerar ninguna de las normas importantes de la
escuela. Ustedes son gatos viejos, y saben que no
deben ir más allá de las bromas y las chanzas.
Montaña dejó los caramelos a un lado y abrió un
cajón lleno de cartapacios. Después de rebuscar
brevemente entre ellos sacó dos dossiers muy gruesos
y arrugados.
-
Sus expedientes. Tienen tantas cruces que
parecen camposantos. Veamos, serán dos puniciones
para cada uno. Uy, uy, uy, señor Caballero, esto
significa que ya tiene usted una nueva falta. Está a
punto de batir su propio récord.
Tres puniciones eran una falta. Tres faltas, un
merecido. Dos merecidos, un recargo. Tres recargos,
cero en conducta. Cada cero significaba una cruz
negra en el expediente académico.
Súbitamente, Montaña cerró las carpetas con un golpe
seco y las arrojó de nuevo al cajón.
-
Y ahora, largo de mi despacho. Estoy
esperando una importante visita y no puedo perder
más tiempo con ustedes.
Gabriel y Adán se miraron sorprendidos. ¿Dos
puniciones nada más? ¿Sin sermón añadido? ¿Ni
castigo inhumano? Jamás habían salido tan bien
librados del despacho del Montaña.
-
¿Es que no me han oído? ¡Largo!
-
¡Sí, señor!
Los dos amigos se levantaron de un bote y se
encaminaron hacia la puerta, pero ésta se abrió
antes de que pudieran tocarla. En el umbral se
dibujó la repelente figura del profesor Belmonte,
que les dedicó una breve mirada desdeñosa y
seguidamente se dirigió al director:
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