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Capítulo 1

Capítulo 2

Una obra de Guillem Bayarri

 

   

Los caramelos, naturalmente, no eran para los alumnos. El padre Montaña cogió un puñado y fue desenvolviéndolos uno a uno mientras esperaba que los dos alumnos tomasen asiento. El ruidito que hacía el papel al desenrollarse era altamente enervante.

 

-         Los veo muy a menudo, caballeretes – comenzó Montaña con su vocecita relamida –. Demasiado a menudo. Son ustedes una mala imagen para este centro. Una imagen realmente pésima, osaría añadir. Veamos, ¿qué han hecho esta vez?

-         Desobediencia a un superior, señor – dijeron Gabriel y Adán mecánicamente.

-         Desobediencia, claro. ¿Sin escalo? ¿Sin resistencia física? ¿Han injuriado a la Patria, a la bandera, a la religión...?

-         No, señor – respondieron a coro.

-         Por supuesto. Ustedes ya se cuidan bien de no vulnerar ninguna de las normas importantes de la escuela. Ustedes son gatos viejos, y saben que no deben ir más allá de las bromas y las chanzas.

 

Montaña dejó los caramelos a un lado y abrió un cajón lleno de cartapacios. Después de rebuscar brevemente entre ellos sacó dos dossiers muy gruesos y arrugados.

 

-         Sus expedientes. Tienen tantas cruces que parecen camposantos. Veamos, serán dos puniciones para cada uno. Uy, uy, uy, señor Caballero, esto significa que ya tiene usted una nueva falta. Está a punto de batir su propio récord.

 

Tres puniciones eran una falta. Tres faltas, un merecido. Dos merecidos, un recargo. Tres recargos, cero en conducta. Cada cero significaba una cruz negra en el expediente académico.

 

Súbitamente, Montaña cerró las carpetas con un golpe seco y las arrojó de nuevo al cajón.

 

-         Y ahora, largo de mi despacho. Estoy esperando una importante visita y no puedo perder más tiempo con ustedes.

 

Gabriel y Adán se miraron sorprendidos. ¿Dos puniciones nada más? ¿Sin sermón añadido? ¿Ni castigo inhumano? Jamás habían salido tan bien librados del despacho del Montaña.

 

-         ¿Es que no me han oído? ¡Largo!

-         ¡Sí, señor!

 

Los dos amigos se levantaron de un bote y se encaminaron hacia la puerta, pero ésta se abrió antes de que pudieran tocarla. En el umbral se dibujó la repelente figura del profesor Belmonte, que les dedicó una breve mirada desdeñosa y seguidamente se dirigió al director:

 

 

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