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CAPÍTULO I
La chica rottweiler
Hay días… y DÍAS.
Aquel sábado parecía un día más. Un sábado más. Había
acabado de trabajar en el mercado y podía dedicar toda
la tarde a hacer lo que quisiera. Por la noche
habíamos quedado todo el grupo para ir al cine, a
cenar y luego de fiesta. Mis padres habían aceptado
que ya era mayor de edad y, aunque me quedaban tres
meses de instituto y la selectividad por delante, no
tenían motivo para preocuparse por mí… bueno, tal vez
sí lo tenían pero no lo conocían.
Después de comer me tumbé un rato para descansar.
Cargar y descargar cajas de verduras toda la mañana
era francamente agotador y quería estar fresco para la
noche. Debí quedarme muy dormido porque cuando
desperté ya estaba muy entrada la tarde y tuve que
encender la luz para ver bien dentro de la habitación.
Me levanté más dolorido de lo que me había acostado y
fui directo a la ducha, aún olía a verduras y a sudor
y mi madre se iba a cabrear cuando viera las sábanas
para lavar cuando podía haberlo evitado. Me desnudé y
me miré al espejo analizándome.
Hasta hacía un par de meses había sido un tío bastante
escuálido, con su melena negra y cara aniñada, pero
parecía que eso iba cambiando – mi abuela siempre me
lo recordaba cuando nos veíamos -. Parecía que mi
espalda se ensanchaba y, según mi madre, ya tenía
cuerpo de hombre y no de cachorro y medía mi metro
ochenta sin esfuerzo, aunque seguía teniendo un toque
aniñado en la cara porque mis mejillas tendían a
sonrosarse de nada y eso me hacía más infantil de lo
que deseaba.
Si algo no había cambiado era el pelo. Pese a que mis
padres insistían en que llevaba greñas de gitano,
yo estaba orgulloso de mi melena negra, no era muy
larga todavía pero ya habíamos pasado juntos el
horrible momento entre pelo corto y la posibilidad de
coleta, y ahora ya éramos un todo indisoluble. No es
que haya tenido nunca la necesidad de demostrarme
miembro de una tribu urbana, sino que me gustaba y
punto. No tenía especial devoción por un estilo de
vestir; en cuanto a la música, prefería el heavy y el
rock, pero tampoco era fanático de ningún grupo en
concreto.
Me duché y me puse unos vaqueros y una camiseta de
manga corta negra. Por si acaso, me calcé con zapatos,
porque había locales que no nos dejaban entrar si
llevábamos deportivas; cogí la cartera y me despedí de
mis padres con un ademán desgarbado.
— William, no llegues tarde— me gritó mi madre desde
el salón, donde solía estar todos los sábados leyendo
y cosiendo.
Durante la semana, ella trabajaba en la parada del
mercado con mi padre y mis tíos. Y yo les ayudaba los
sábados para sacarme algo de dinero. Me había puesto
William por una razón que, en cierta forma, me
resultaba repulsiva; según ella yo había sido
engendrado después de ver Romeo y Julieta y,
como Romeo quedaba muy pomposo, me puso William por
Shakespeare. No me desagradaba mi nombre pero sí la
historia, y nunca tenía clara la peor parte: mis
padres en plan romántico o lo empalagoso de la obra de
teatro que incitó mi concepción.
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