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CAPÍTULO II
Mitología
Pasaron varios minutos antes de que ninguno de los
tres hablara. Al fin, el chico rompió el silencio.
— ¿En qué pensabas?— le espetó a ella — ¿Y si hubieran
sido de rango superior?
Ella ni le miró. Estaba pendiente de mis heridas.
— ¡Buff! Será mejor que vengas conmigo y te curemos
todo esto; si llegas así a casa, a tus padres les
puede dar algo.
— Lis… no piensas escucharme ¿verdad?
— Ahora no — contestó ella, volviendo su rostro hacia
el de él —. Hay que cuidar del chico. Yo me encargo de
él, tú vete a informar.
Me entró uno de esos ramalazos hormonales de mala
leche y me planté ante tanta determinación sobre mi
persona sin consultar.
— Mira, Lis o como te llames, yo me no voy a ningún
lado, necesito una explicación. Quiénes eran esos
tipos, quiénes sois vosotros, qué ha sido eso que les
has hecho y cómo habéis llegado hasta aquí… ¿sois…
vampiros?
Ella me miró seria, como en la cola del cine.
— Claro que no somos vampiros, aquí somos todos
humanos — dijo al fin —. Sólo que algo más
desarrollados. Ahora no hay tiempo, pueden volver.
Jason lárgate ya — le gritó al otro.
Él asintió, pero antes de marcharse se acercó a ella y
le besó en los labios, ella le respondió acariciando
su nuca.
— Cuídate — le pidió Jason.
Dicho aquello desapareció en la noche. Un rato después
escuché el sonido de un motor a lo lejos.
—Vivo cerca, en la casa de la colina — me dijo ella de
pronto —. Crees que tu moto funcionará.
Me encogí de hombros y la puse en pie, al tercer
intento arrancó. Lis sacó una linterna pequeña de un
bolsillo e iluminó las ruedas para comprobar que todo
andaba bien.
— ¿Vives aquí desde hace poco? — le pregunté antes de
subirme a la moto.
Ella negó con la cabeza.
— Siempre he vivido aquí.
— Nunca te había visto — me excusé.
— Nunca me habías mirado — contestó ella ladeando la
cabeza, con resignación —. Eso suele pasar. Vamos a
que te cure las heridas.
— Creo que prefiero irme a casa — le dije inseguro.
— Pues vete — contestó ella sin reparos —. Nos
volveremos a ver.
Se giró sin más y comenzó a caminar campo a través.
— ¿Así de fácil? — pregunté sorprendido.
Ella rió alegre.
— Nada volverá a ser fácil — contestó alzando la voz,
estaba como a unos veinte metros de mí —. Cuando
empieces a pensar en todo lo de esta noche no podrás
evitar las dudas, las preguntas y yo estaré para
responderte. Además, ellos no se han rendido… ni yo
tampoco.
Sentí que movía un brazo y se despedía de mí; e
instintivamente le respondí.
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