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La mañana del domingo, como ella había dicho, fue
sumamente confusa. Primero quise creer que todo había
sido un sueño, pero luego me encontré mirando las
heridas que tenía en brazos y piernas y comprendí que,
como mínimo, el accidente había sido real.
Les había dicho a mis padres que la noche anterior
había tropezado con una piedra en medio del camino y
por eso me había hecho aquellas heridas, como era
común que se desprendieran continuamente de las
laderas y la carretera estaba mal iluminada se lo
creyeron sin más.
A media tarde estaba que me subía por las paredes, y
decidí darme una vuelta por el vecindario. Si era
cierto que ella vivía allí, tendría que verla, al
menos, podría fijarme mejor en la casa.
Pensé en lo que le había dicho a su novio: vete a
informar. Es decir, que ellos estaban a las órdenes de
alguien más importante. También me di cuenta de que
ella era famosa; el tipo del coche había oído hablar
de ella… cómo la llamó… Loki loca. Me saltó la risa
cuando pensé en cómo ella se había ofendido por la
falta de originalidad. Yo no entendía el chiste pero
las caras de esa chica eran demasiado auténticas para
pasar desapercibidas.
Llevaba ya quince minutos andando cuando giré la curva
en la que me había estampado la noche anterior y al
alzar la vista, la vi: la casa de la colina. Era una
casa de dos plantas, sencilla, blanca con tejas rojas.
El terreno estaba bordeado por una tapia alta de la
que colgaban enredaderas, pero se veía como había
varios caminos que cruzaban la pequeña pinada de la
ladera hacia la casa.
Una parte de mí quería llamar y saber más, otra
pensaba que mejor dejarlo así, parecían peligrosos…
¡qué demonios! Eran peligrosos y…
— Chico — me llamó Lis sentada en la tapia.
Hubiera jurado que un segundo antes no estaba allí.
— Sí quieres merendar llegas a tiempo, pero decídete
pronto a tocar el timbre porque se me van a quemar los
gofres.
Sonreía de nuevo con aquella pizca de dulzura que
había visto la noche anterior.
— Me llamó William, pero todos me llaman Will — le
dije cuando me abrió la puerta.
— Lo sé — contestó secamente.
Empezamos a ascender por la pinada, no habría más de
doscientos metros hasta la casa. El exterior estaba
lleno de jardineras con pensamientos y margaritas y el
suelo de la terraza anterior a la puerta estaba
embaldosado con rajuelas rojas.
Entré con ella al interior. El piso de abajo se
componía de un espacio único con cocina, comedor y
salón, y una habitación a un lado que supuse era un
baño.
Olía a gofre. Las tripas me crujieron.
— ¿Chocolate con el gofre? — me preguntó cuando me
servía. Asentí y me dio un gofre cargado de chocolate.
Lo cierto es que empezaba a sentirme algo azorado.
Cómo era posible que su naturalidad aplacara mi
impaciencia y mi curiosidad.
Miré el gofre sin hincarle el diente y luego la miré a
ella.
— ¿Cuántos años tienes?
Me arrepentí de la pregunta nada más hacerla.
Idiota, me dije, de todo lo que quieres saber
¿eso es lo único que te atreves a preguntar?
— Tengo 25 años, 26 dentro de tres meses — contestó
antes de hincarle el diente a su gofre con nata.
Vaya, no parecía ser tan mayor. La cara de niña me
había engañado, como mucho le hubiera echado
veintiuno.
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